MINDFULNESS EN EDUCACIÓN INFANTIL
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ED. INFANTIL - Infantil
 

Autora: Olga Ruíz Rodríguez

 

En un mundo en constante cambio, donde lo que hoy es noticia mañana es solo un recuerdo, nuestra labor educativa debe ir encaminada a vivir en este tipo de sociedad, enseñando a nuestros alumnos a adaptarse a los acontecimientos rápidos y, en la mayoría de los casos, inciertos.

Sin embargo, enseñar a vivir en sociedad no significa dejarse llevar por ella. Que vivamos en una sociedad todo suceda rápido y sin apenas darnos cuenta, no significa que nos tengamos que resignar a vivir deprisa y sin pensar. Todo lo contrario. Nuestra función como docentes debe ir encaminada a conocer el mundo y a actuar de acuerdo al mismo. Y de esta premisa parte el Mindfulness.

Las raíces del mindfulness nacen del budismo, aunque en los últimos años se ha popularizado en países de occidente, hasta llegar a nuestras aulas. Pero ¿Qué es el mindfulness? Y lo que es más importante ¿Por qué está llegando a nuestras aulas?

Mindfulness, se traduce literalmente como ‘atención plena’. Kabat-Zinn la define como “prestar atención a propósito en un momento concreto” ya que, según la atención que prestamos estamos encaminando nuestra vida.

Sin embargo, estaremos todos de acuerdo en que, si a nosotros, maestros y profesores adultos, que tenemos claro lo que queremos y tenemos que hacer, nos cuesta fijar la atención en una sola variable, cuánto les costará a nuestros alumnos, en este caso de 5 años, en una realidad que aún en muchos casos incomprensible.  Con lo cual, plantearse a corto plazo que nuestros alumnos lleguen a fijar su atención en sus tareas de forma plena y consciente, resultaría poco realista e incluso, inefectivo. Pero sí podemos comenzar a plantearnos pequeñas metas, que hagan a nuestros alumnos conscientes de lo que hacen y de cómo lo hacen, y de alguna forma, sean capaces de contactar consigo mismos y, de este modo, además de conocerse, sepan gestionar sus emociones y sus comportamientos.

Para acercarse al mindfulness, era necesario, en primer lugar, que su profesora creyese en ello. Antes de trabajar la atención con nuestros alumnos, había que ser consciente de la capacidad de atención dirigida con la que cuenta su profesora, y sabiendo la dificultad que conlleva, trabajar en consecuencia. No significa meditar tres horas al día, pero sí pensar dos veces lo que se hace en las situaciones cotidianas de la vida, focalizar la atención en determinadas circunstancias y lo más importante, a la par que difícil, ser consciente de cuando la atención no sigue el camino indicado y empieza a vagar por otros pensamientos e ideas, para poder reconducirla.

En segundo lugar, era necesario trasladar esta idea a nuestros alumnos. Explicándoles la importancia de focalizar la atención para obtener unos buenos resultados. Por supuesto, pedirles que se centren en jugar con un compañero o en hacer un dibujo no puede realizarse de un día para otro, así que progresivamente se realizaban tareas rutinarias.

Empezando con el simple contacto con la respiración. Antes de comenzar cualquier actividad, contamos hasta tres segundos, preparándonos así para su puesta en práctica. De este modo, estamos haciendo conscientes a los niños, e incluso a nosotros mismos, de que nos encontramos en otra tarea, que requiere otro tipo de dedicación y comportamiento para su correcta ejecución.

Por otra parte, antes de trabajar, adoptamos siempre ‘la postura del faraón’. Esta postura consiste en sentarse en la silla, con las manos en los muslos y la espalda recta, pero nunca tensa. Una vez más, supone una preparación para la tarea, una anticipación de que se comienza con la actividad, pero que supone una relación previa, muy importante si nuestro objetivo es que nuestros alumnos centren su atención y obtengan los mejores resultados posibles.

Tras sesiones de trabajo y pequeñas cuñas, ya podíamos comenzar a aplicar técnicas de mindfulness que supusiesen el contacto con ellos mismos y, sobretodo, con su cuerpo. Para ello se realiza periódicamente el ‘scanning corporal’. Se trata de una actividad donde se necesita en primer lugar un entorno tranquilo y oscuro, con música o sonidos relajantes de fondo. En parejas, unos a otros van tocando las partes del cuerpo de su compañero (la cabeza, nariz, hombros, barriga, piernas, pies, manos y dedos). Centrar la atención en la parte del cuerpo supone comenzar a centrar la atención en sí mismos, facilitándolo en este caso con la ayuda de compañeros, que con sus manos le indican.

Entendiendo que comenzar por el conocer el propio cuerpo es una de las mejores vías para trabajar el mindfulness, se realizaron ‘marchas corporales’, aunque ellos preferían llamarlo ‘el juego de las esculturas’, donde los niños tenían que ir situando su parte del cuerpo según se les iba diciendo (mano sobre la cabeza, un paso adelante, mano izquierda sobre la oreja…) y mantenerse durante unos segundos hasta que se les da la nueva orden (en nuestro caso, las órdenes eran acumulativas, pero podrían no serlo). Terminada la actividad, ellos son conscientes de la importancia de centrar su atención y esfuerzos en mantener las posturas. Además, compartían las dificultades y problemas que habían tenido para conseguirlo.

Trabajada ya la atención, nos ponemos en marcha con actividades ajenas a su cuerpo, pero que requieren atención. Son en este caso las cartas de los recuerdos. Se colocan las flashcards, juguetes o cualquier objeto, en este caso se ponían entre 10 y 12 (según la atención de los niños y su capacidad). Se retira una y ellos tienen que recordar cuál era la que faltaba. La premisa es que al principio lo digan en alto, pero poco a poco lo vayan pensando para sí mismos, para evitar decírselo a otros compañeros y que puedan darse cuenta por sí mismos. De cualquier forma, es necesario que la actividad sea rápida para que resulte efectiva y no perder tiempos muertos, ya que, en lugar de focalizar la atención, lo que se genera es dispersión de la atención. Por lo que, se dan 10 segundos para que piensen qué es lo que falta y si no, se vuelve a colocar en su sitio, haciéndolo visible para que vea si estaba o no en lo cierto.

Meditación del sonido y del silencio, donde los niños, en silencio, van escuchando los sonidos que se producen, intentando no responder a ellos ni dejarse llevar, manteniendo su silencio. Como es fácil que los niños empiecen a pensar en otras cosas, la actividad no se prolongaba mucho, pero para facilitar el foco de atención en el silencio única y exclusivamente, cuando ellos fuesen conscientes de que estaban pensando en otra cosa, podían levantar la mano y bajarla automáticamente, únicamente para facilitarles el proceso de meditación.

Aprovechando que alzan la mano cuando desvían su atención, se empezó a aplicar esto en tareas de la clase, aunque únicamente en las de trabajo individual, es decir, en momentos de trabajo sobre la mesa, donde es más fácil que centren su atención. Cuando por algún motivo no pensaban en la tarea que tenían que hacer levantaba su brazo para concienciarse más fácilmente que estaban desviando su atención y hacer ellos mismos el ejercicio de re-dirección hacia la tarea.

Estas tareas, se han visto acompañadas de la verbalización de las tareas y de los pasos a seguir. Lo cual tiene una doble finalidad, en primer lugar, centrar la atención en la tarea concreta e intentar no desviarla hacia otros derroteros, y, en segundo lugar, facilitar la comprensión de la misma, ya que el lenguaje es una herramienta muy valiosa de comunicación con los demás, pero también con uno mismo.

Bien es cierto que aún queda un largo camino para que nuestros alumnos se hagan plenamente conscientes de lo que realizan y de que sean capaces de focalizar su atención en un solo momento, pero también es cierto que, si desde edades tempranas se empieza a practicar, es más fácil que puedan realizarlo en un futuro. Y utilizo el verbo ‘poder’ y no el ‘querer’ porque si no se entrena, hacer un uso de la atención tan concreto resulta tremendamente complicado. Y, sin vistas a futuro (aplicándonos el cuento de que el mindfulness es el ‘aquí y ahora’), la realización de estas actividades genera situaciones de calma y relajación que facilita el aprendizaje y la realización de actividades de forma consciente y tranquila. Y supongo que todos estaremos de acuerdo en que ello es beneficioso, no solo para una educación personal, de cara a la mejora de su conducta, valores e ideas. También de la enseñanza formal. 

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